En vísperas del golpe de Estado de 1943 que puso fin a la década infame, sucede el llamado “Escándalo de los cadetes”, que cobra repercusión y llega a la primera plana de los diarios desprestigiando a las fuerzas militares y a la aristocracia argentina. Se trataba de fiestas entre varones que organizaban algunos integrantes de la élite porteña a las que asistían, probablemente engañados, los cadetes del Colegio Militar. Tras las fiestas, les sacaban fotos desnudos acompañados de algún elemento representativo de la institución.

En Juegos de amor y de guerra, Gonzalo Demaría, su autor y Oscar Barney Finn, su director, imponen en los cuerpos de sus personajes la lucha de clases de la época. La aristocracia enfrentada a un cambio de paradigma, en plena pérdida de sus facultades de poder y como representación pura de la argentinidad previa a la inmigración: la madre, Carolina (Luisa Kuliok), una personalidad narcisista que reivindica el pasado majestuoso y la continuidad histórica. El Teniente, Federico (Diego Mariani), la nueva clase social, los hijos de los inmigrantes en ascenso, una nueva casta, que busca reconocimiento y poder. La seducción y lo prohibido, la atracción y la traición, como juegos de poder y dominación, es el marco en el que estos dos personajes se desenvuelven.

Como una Medea moderna (Kuliok se llevó un premio María Guerrero como mejor actriz protagónica en 2018), imprime en su hijo Manuel (Walter Bruno) su deseo, conduciéndolo al final. Su hijo será lo que ella quiere o no será nada. Pero como aquella de Eurípides, no es el despecho lo que la obliga sino la vergüenza, por la pérdida de su rango y sus galones en su hijo, que no es capaz de ofrecerle la continuidad de la estirpe familiar.

A contrapelo de esa moral se alza la travesti rusa que llega al país escapando de la persecución del nazismo: Celeste Imperio (a través del virtuosismo de Sebastián Holz, ganador de un premio María Guerrero como mejor actor de reparto en 2018) evoca la época con sus imperdibles números de cabaret en los que canta canciones en francés y alemán, cuando la Segunda Guerra parecía que iba a ser un triunfo de los alemanes.

Demaría descubrió a la inmigrante en notas periodísticas de la época, pero sin otras precisiones hasta que dio con la causa, años después de escribir la obra. En este momento está produciendo un libro de no-ficción a partir de las fotos y los expedientes encontrados. En la misma hay varios imputados que se vestían de mujeres en aquellas fiestas: hacían números, bailaban, cantaban, tal como él mismo retrató en este texto.

Cuenta Demaría que Celeste Imperio -la auténtica- frecuentaba el Teatro Maipo, un espacio estrictamente de revista en la época. En la obra es, en cambio, una artista de varieté de un teatro que se llamó Casino, uno de los más importantes del género, ubicado sobre la calle Maipú al 300 y demolido luego en los 60.

Este afán historicista es una marca en el teatro de Demaría. Juegos de amor y de guerra es el segundo título de una serie de obras sobre los golpes militares de nuestra historia. Pero como en las otras, no se centra específicamente en esos eventos, sino que los valores de cada época se vislumbran como el telón traslúcido que Barney Finn ubicó como elocuente escenografía, detrás de una escena despojada en la que reluce solo una larga mesa con gorras militares.

La primera de esa tetralogía fue El diario del Peludo (actualmente en el Método Kairós), sobre el golpe del año 30, la tercera fue Deshonrada (estrenada por Alfredo Arias en 2015), que refiere al del ‘55, y Happyland, estrenada a fines de septiembre en el San Martín, actualmente en cartel, sobre el último Golpe del ‘76, que desató la dictadura militar más cruenta de nuestra historia.

Juegos de amor y de guerra viene a dar cuenta de buena parte de nuestra historia en la que las luchas por la dominación y el poder siguen produciendo víctimas inocentes.

Juegos de amor y de guerra

Buenos Aires, 1942. Una madre, sus hijos y un Teniente acosados por pasiones, extorsión, perversidad e intereses políticos, donde sus decisiones mostrarán el reflejo de una sociedad, una clase y un país antes de los cambios que se avecinaban 

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